viernes, 12 de agosto de 2011

PERDIDOS EN LOST



Lost (t. 1, 2004) 
Cielo azul, mar turquesa, arenas blancas, restos de un avión destrozado… este es el escenario en el que se desarrolla la historia de los 48 sobrevivientes de un aparatoso accidente aéreo en medio del Pacífico. Lugar paradisíaco, condiciones infernales, historias interesantes… estos son los ingredientes que, mezclados con gran tino, han convertido a la serie Lost en un verdadero hitazo en Estados Unidos desde su estreno en septiembre pasado, el cuál fue atestiguado por poco más de 18 millones de televidentes.
          Todo parece indicar que Lost también arrasará con la atención del público mexicano. Desde su primer capítulo, transmitido a principios de marzo, ha sabido ganarse el corazón y atraerse los ojos de buena parte de los seguidores de una nueva generación de series televisivas que han sabido apostar sus presupuestos --unos bastante creciditos, según se ve-- a historias más interesantes y complejas (Six Feet Under, Desperate Housewives), grandes despliegues de acción (Alias), la “cientifización” del morbo (CSI con todos sus derivados y parentela) o la cotidianización del sarcasmo y la ironía (Curb your Enthusiasm). 
          La apuesta de Lost se ubica justo en el terreno de las historias bien condimentadas y los personajes elaborados. Por un lado se encuentra un accidente, que podría parecer algo natural (que no por eso menos trágico), pero sobre el que se cierne la posibilidad de que exista algo más: una especie de fenómeno paranormal (tipo Triángulo de las Bermudas) que convirtió a unos simples pasajeros en un grupo de sobrevivientes, o la mano de un Big Brother (uno más elegante y poderoso que el de la Big Vero, claro está) que se divierte jugando con sus muñequitos de carne y hueso. Elementos como un monstruo misterioso que de vez en cuando hace estremecer la jungla y sus inesperados habitantes, el ataque de un oso polar o la milagrosa y silenciosa recuperación de un paralítico apuntan hacia la primera posibilidad, pero sólo el tiempo y los capítulos nos dirán la verdad. 
          Por otro lado, están los accidentados, que no son sólo Robinson Crusoes conviviendo con sus respectivos Viernes: parecen más bien personajes extraídos de una versión de El señor de las moscas para maduritos, que tratan de organizarse para hacer su situación lo más llevadera posible (los pesimistas o prácticos) o que simplemente esperan ser rescatados (los optimistas o pachones). Cada capítulo, además de exponer las aventuras y desventuras cotidianas de los extraviados, se centra en un personaje en particular: muestra por medio de flash-backs los eventos que hicieron que terminara abandonado en una isla, además de los miedos, pasiones, secretos y problemáticas que hacen que reaccione de determinada manera ante sus nuevas circunstancias.          
De los 48 sobrevivientes destacan unos cuantos, cuyas historias ya hemos conocido o estamos a punto de conocer: Jack (Matthew Fox), médico convertido en líder natural del grupo; Kate (Evangeline Lilly), interés amoroso de media isla que era transportada como prisionera en el avión; Sawyer (Josh Holloway), el rebelde sin causa del grupo y quien inauguró el mercado negro en la isla al apoderarse de cuanto objeto abandonado encontró; Boone (Ian Somerhalder), el bien intencionado que no da una, hermano sobreprotector de la indolente Shannon (Maggie Grace), especie de prima de las Hilton que lo primero que hace en la isla es tirarse al sol y sacar el bronceador; Charlie (Dominic Monaghan ya sin su traje de hobbit) decadente rock star que lamenta no haberle pagado un boleto a su dealer; Sayid (Naveen Andrews), ex torturador iraquí (¿es que hay de otros según los gringos?); Jin (Daniel Dae Kim) y Sun (Yunjin Kim), matrimonio coreano que nos enseña que los machos y las adelitas no son exclusivamente mexicanos. Al grupo lo completan otros personajes más o menos atractivos, entre los que se cuentan una padre con su hijo (y su perro), una chica embarazada, un hombre mayor con complejo de cazador y un gordito dicharachero. 
Lost se transmite todos los lunes a las 9pm por AXN. Una hora antes se repite el capítulo de la semana anterior, para quienes se lo perdieron o quieren volver a ver, y cada tanto pasan un maratón de la serie: los últimos capítulos, uno tras otro. No habrá manera de entretener más al ocio.


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Publicado originalmenrte en: La Crónica cultural, no. 107 (30 abr. 2005), p. 15.

miércoles, 10 de agosto de 2011

ESTRÉS, CANSANCIO Y LOCURA


Session 9 (2001), dir. Brad Anderson

Quienes vieron El Maquinista (2004), saben que el cansancio extremo —en ese caso, producido por un insomnio de nada más un año—puede confundir a la gente, hacerla olvidar cosas, ver lo que no está ahí, crear monstruos. Pero esta película, protagonizada por un Christian Bale con 28 kilos menos, no fue la primera en la que Brad Anderson, joven maravilla del cine independiente (Next Stop Wonderland, 1998; Happy Accidents, 2000), se metió bien adentro en la psique del hombre común, agobiado por una carga extrema de fatiga y estrés. Años antes coescribió y dirigió Session 9.
Sin necesidad de pedirle nada prestado al cine de horror oriental, tan de moda en gringolandia, tierra de las libertades dudosas y los remakes de cajón, Anderson realizó una obra maestra valiéndose sólo de estupendos actores, una locación que es un personaje en sí, una historia originalísima y, por qué no, un ínfimo presupuesto.
La nómina actoral de Session 9 está compuesta por Stephen Gevedon (Mike), coguionista de la cinta, David Caruso (Phil), Peter Mullan (Gordon), Josh Lucas (Hank) y Brendan Sexton III (Jeff). Las caras que resultan más conocidas son las de Caruso, con un largo historial en el cine y la televisión, actualmente encabeza el grupo de investigadores forenses de la serie CSI Miami, y Mullan, a quien posiblemente recuerden como Swaney, alias “Madre superiora” (por aquello de su largo hábito) en Trainspotting (1996), que también ha trabajado bajo la batuta de Ken Loach (My Name is Joe, 1999) y Michael Winterbottom (The Claim, 2000), y dirigió The Magdalene Sisters (2003).
Tanto Caruso y Mullan como los otros miembros del reparto hacen un trabajo sensacional, pero tal vez quien carga con el mayor peso en la cinta es un sexto personaje: el Danvers State Hospital, escenario que aloja la acción. Construido en Danvers, Massachusetts, en 1871, llegó a alojar en sus buenos tiempos hasta 2,400 pacientes con distintas enfermedades mentales. Según cuentan en la propia película, el hospital fue cerrado en 1985 debido a un recorte presupuestal y a un escándalo judicial: gracias a una terapia de memoria regresiva, una chica “recordó” haber sido víctima de múltiples violaciones por parte de su padre y abuelo, inmiscuidos junto al resto de su familia en una especie de culto satánico, y entabló una demanda contra ellos; como parte del proceso, la chica fue examinada y se descubrió que era virgen. La familia contrademandó y las puertas del nosocomio cerraron.
Aunque deteriorada, la enorme mole gótica conserva todavía el equipo usado en los tratamientos para controlar a los pacientes, más cercanos a la cámara de tortura que al spa: tinas en las que podía disfrutarse un baño con agua helada, planchas donde se colocaba a quienes recibían electrochoques, sillas con tremendos cinchos para amarrar a los inquietitos, puntales de acero para las lobotomías. Todo esto, aunado al juego de luces y sombras que sólo puede obtenerse en un espacio abandonado después de mancillar el espíritu humano por poco más de un siglo, ayuda a crear una atmósfera tan pesada que puede percibirse sin problema del otro lado de la pantalla.
Caruso y Mullan, junto con los hombres que tienen a su mando, son contratados para dejar rechinando de limpio este lugar de ensueño para cirujanos nazis. Pero remover de pisos y paredes los restos más visibles del horror inflingido a innumerables internos no será tarea sencilla: el ambiente, de por sí sórdido y alucinante, se irá enrareciendo conforme el cansancio y el estrés se van apoderando del grupo. La presión por terminar el trabajo en un tiempo demasiado corto es muy grande, debido al jugoso bono que les fue ofrecido, los materiales con los que entran en contacto, entre ellos el asbesto, son altamente tóxicos, y los conflictos que cada uno carga a cuestas no ayudan: la situación familiar y económica de Gordon, padre reciente y vacilante, está lejos de ser óptima; Hank y Phil tienen enfrentamientos constantes, ya que el primero robó la novia al segundo, quien además empieza a desconfiar de la capacidad de liderazgo de Gordon debido a sus circunstancias; Jeff, sobrino de Gordon, tiene una severa fobia a la oscuridad, lo que no es precisamente conveniente en el lugar donde trabajan; Mike, con un brillante futuro en la abogacía de no haber desertado de los estudios, se obsesiona con el caso de una paciente con un trastorno de personalidad múltiple, al que sigue por medio de sus sesiones con el psicólogo grabadas en cintas. Cuando llega a la novena, todo se esclarece de la forma más oscura.
Sin título en español, pues nunca fue presentada en pantallas nacionales, puede encontrarse en DVD, aunque no de nuestra región (claro que si su TV tiene la función de Close captions o asistió regularmente a sus clases de inglés y computación, no tiene de qué preocuparse). El DVD contiene, además de un final alternativo (que por suerte no fue la elección definitiva), un excelente documental sobre la filmación de la película y sobre el tétrico lugar que la inspiró.
 

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Publicada originalmente en:  La Crónica Cultural, no. 106 (23 abr. 2005), p. 15.

MI CASA NO ES TU CASA



House of Sand and Fog (2003), dir. Vadim Perelman

Hasta donde sé, pagar impuestos no es una de las actividades favoritas de nadie. Mucho menos cuando los cargos son improcedentes y sólo se deben a un error burocrático. Lidiar con estos tan terrenales asuntos es una monserga: pérdida de tiempo, largas filas, papeleo, traiga usted cinco copias de cada documento, cuál tenencia si ni coche tengo... Pero si no se realiza esta temible faena y se dejan las cosas como están, todo puede terminar en una gran tragedia. Esta es la dura lección que tiene que aprender Kathy Lazaro, personaje interpretado por Jennifer Connelly en La casa de arena y niebla.
Ex alcohólica, recién abandonada por su marido y alejada de su familia, Kathy despierta un día con la policía a la puerta: su casa será subastada por el gobierno debido a unos adeudos que se le atribuyeron falsamente, pero que no impugnó a tiempo por el estado abúlico en que se encontraba inmersa. Tras consultar a una abogada, la ley le da la razón, pero es demasiado tarde: Massoud Amir Behrani (Ben Kingsley), ha comprado la casa a precio de ganga y en unos cuantos días él, su esposa Nadi (Shohreh Aghdashloo) y su hijo Esmail (Jonathan Ahdout) la hacen más suya de lo que fue en manos de su antigua propietaria. Al pedírsele que venda la casa de regreso al gobierno, para que éste pueda devolverla a Kathy, se niega rotundamente. El ex miembro de la elite militar iraní, aunque trata de aparentar lo contrario, ha perdido todos los lujos y privilegios de su vida anterior al tener que marcharse como refugiado a Estados Unidos, y ésta es su única oportunidad de hacerse de una propiedad con sus pingües ganancias como trabajador en un camino y encargado en una tienda de autoservicio. La negativa de Behrani y la incapacidad del gobierno para ofrecerle otra solución hacen que Kathy declare la guerra contra el que ve como un usurpador y, con la ayuda de Lester (Ron Eldard), policía que participó en su desalojo y con quien comienza un romance, está dispuesta a llegar hasta las últimas consecuencias para recuperar su casa.
El resto de la película es el desarrollo de este conflicto, en el que el desgaste y la violencia se van apoderando de los protagonistas, cuya desventura es causada por el destino, las circunstancias o su mala pata, pero también por las decisiones que toman, unas más equivocadas que otras. Todos parecen estar dando tumbos contra las paredes, cegados por la misma bruma que cubre la casa por la que pelean, producto de su cercanía con el mar.
Prácticamente no hay punto que alegar en contra de este filme: el guión, basado en una novela de André Dubus III --quien recibió un centenar de ofertas para llevar su libro a la pantalla grande--, no tiene un hueco por el que se escape la atención del espectador, mismo que es atrapado por las grandes actuaciones del maestro Ben Kingsley, la prácticamente desconocida Shohreh Aghdashloo y la bella Jennifer Connelly; todo esto orquestado bajo la dirección del ucraniano Vadim Perelman, que para inaugurar su carrera fílmica se avienta un peliculón de antología, que esperemos no sea debut y despedida.
Aunque pasó casi desapercibido en cartelera, el filme fue un éxito con la crítica y en las premiaciones: Kingsley obtuvo cinco nominaciones como Mejor Actor, una de ellas para el Oscar; Aghadashloo fue galardonada en cuatro premiaciones como Mejor Actriz de Reparto y fue nominada por la Academia en la misma categoría; mientras que Perelman fue ampliamente reconocido por la Asociación de Críticos de Cine de Chicago, el Independent Spirit Award y la National Board of Review, misma que consideró a La casa de arena y niebla entre las candidatas a Mejor Película.
Disponible ya en DVD, ésta es una excelente opción para disfrutar del buen cine y una oportunidad para recapacitar y ponernos al día con la Tesorería.


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Publicado originalmente en: La Crónica Cultural, no. 103 (19 feb. 2005), p. 14.

EL AMOR PARIA


Code 46 (2004), dir. Michael Winterbottom

Una vez más, nos lo han hecho. Una vez más, hemos estado a punto de perdernos una buena película gracias a la pésima distribución y promoción que se brinda a las que, desde algún lugar del lado oscuro de la fuerza, se catalogan como filmes poco rentables, no palomeros, con escaso atractivo para el público en general o vaya a saber qué cosa. Claro que uno podría pensar que está difícil para el público en general ver una película de la cuál ni han oído hablar. Elemental, mi querido cácaro. Por suerte existen los compañeros de trabajo, los tíos, los vecinos o los de la plática de al lado que pueden darnos el pitazo que nos conducirá al cine adecuado para presenciar una de esas bellas rarezas. En mi caso, la noticia de Código 46 provino de un amigo cuyo gusto cinematográfico generalmente no falla (y cuando lo hace, pues mejor ni decirle).
El inglés Michael Winterbottom es el responsable de esta película que, como el resto de su obra, explora los temas del amor y las relaciones humanas. De la visión de este director surgieron, entre otras, Bienvenidos a Sarajevo (1997), primer filme occidental que abordó la guerra en los antiguos territorios yugoslavos, Wonderland (2000), donde plasmó la vida de la clase media-baja londinense mediante la historia de tres hermanas, y 24 Hour Party People (2002), retrato de la escena punk del Manchester de 1976. Si no las vio en cartelera, no se acongoje. Casi todas han corrido con la misma suerte del último filme de Winterbottom, pero ahora pueden encontrarse gracias a la magia del DVD o a los ciclos de la Cineteca Nacional.
Los protagonistas de Código 46 han transitado también los senderos de las “películas de muestra”, aunque cuentan con sus apariciones en las palomeras-taquilleras: Tim Robbins será por siempre recordado por los ya clásicos Sueño de fuga (1994), en su momento un fracaso en taquilla, y la reconocidísima Río místico (2003), y pronto lo podremos admirar en el predecible éxito La guerra de los mundos (2005), junto a Tom Cruise, Miranda Otto y Dakota Fanning; Samantha Morton, aunque desde hace ya varios años se hizo de un nombre en el cine independiente británico, de este lado del océano no fue conocida sino hasta que personificó a la mudita tímida de El gran amante (1999) de Woody Allen y a una de las clarividentes (“precog”) de Sentencia previa (2002) de Steven Spielberg, aunque muchos tal vez la recuerden como la sirena de un video de U2.
Estos dos actores, en general apartados del mainstream hollywoodense, personifican en Código 46 a dos amantes que, de igual forma, se alejan de las normas sociales y legales con tal de estar juntos. William (Robbins) y María (Morton) habitan un futuro que se antoja demasiado cercano, en el que las ciudades están controladas severamente y son accesibles sólo mediante una especie de aduana; sus habitantes cuentan con todo tipo de comodidades, pero viven básicamente de noche, debido a los excesivos daños que causa la luz solar. Fuera de ellas sólo existe un vasto desierto y algunas poblaciones habitadas por puros descastados (de hecho, ser enviados a ellas es un castigo reservado para los que cometen crímenes de cierta importancia), infestadas de estreptococos y llenas de restricciones: el actual Tercer Mundo, pues. Transitar por las distintas ciudades se dificulta ya que no todos pueden conseguir los documentos necesarios, pero se facilita pues existe un lenguaje universal: una base de inglés mezclada con francés, italiano y, sobre todo, español. Resulta curioso notar que muchas de las palabras más importantes están en ese último idioma, como “papeles”, nombre con el que se conoce a los famosos documentos para ingresar a las ciudades y para moverse entre ellas.
Son justo estos “papeles”, aunados al destino, claro está, los que juntan a la pareja. William es un padre de familia estadounidense enviado a Saigón para investigar la impresión ilegal de papeles en la sucursal local de Esfinge, empresa internacional que tiene el monopolio de su expedición y cuyo lema reza: “The Sphinx knows best” (La Esfinge sabe más), refiriéndose a su omnipotencia al decidir quién obtiene sus servicios, para cuándo y para dónde. Al entrevistar a los trabajadores de la empresa se topa con María y, aunque descubre inmediatamente que ella es la culpable del delito, no la denuncia, sino que se entrega de lleno a un romance que dura lo que le permiten sus papeles: 24 horas. De regreso a su hogar y a su realidad, no deja de pensar en ella, aunque trata de evitar su regreso a Saigón cuando es requerido, pues la impresión ilegal de papeles continúa. Pero regresa, y ya en aquella ciudad el objetivo de su investigación cambia: María ha desaparecido. Cuando finalmente la encuentra, después de haber roto cuanta regla se le ponía enfrente, se topa con que, sin saberlo, ambos han roto el Código 46. Esta ley, parte de una legislación en materia de genética que ya no se siente tan lejana a nuestros días, y necesaria en un mundo repleto de clones, dicta que ninguna pareja que comparta el 25, 50 o 100 por ciento de información genética puede estar junta, y mucho menos procrear. Y ya mejor ahí le dejo para no revelar el resto de esta magnífica historia que, mientras más días pasan después de verla, más gusta.
Además del guión y las actuaciones, otro elemento a destacar en Código 46 es su soundtrack, en el que participan, entre otros, Coldplay, Freakpower (nombre utilizado en algunos proyectos por Norman Cook, mejor conocido como Fatboy Slim), Asha Boshle y Milla Jovovich. Mick Jones, antiguo miembro de The Clash, participa también en la banda sonora y en la película misma: interpreta en una escena ubicada en un bar karaoke (parece que, para nuestra desgracia, éstos sobrevivirán en el futuro) “Should I Stay or Should I Go”, canción muy ad hoc para la cinta, ya que mezcla el inglés con un muy masticado español.
Finalmente, y muy a pesar de su pobre distribución y nula publicidad, Código 46 tiene todo para convertirse en filme de culto para los que se topen con ella. No dejen de toparse.



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Publicado originalmente en: La Crónica Cultural, no. 97 (19 feb. 2005), p. 15.

CUESTIÓN DE SUERTE


Intacto (2001), dir. Juan Carlos Fresnadillo

Ir al cine o rentar una película y quedar satisfecho es, en demasiadas ocasiones, cuestión de suerte. Muchas veces uno le apuesta al director, al guionista o a los actores favoritos y termina con una desilusión tal que sólo se quiere tomar el póster que formaba parte de nuestro pequeño altar cinematográfico y romperlo en mil pedazos, aunque eso signifique desnudar aquél rincón que nos había quedado casi como el que vimos en la revista de decoración. En ocasiones, uno se la juega con un churro para un fin de semana palomero y termina pidiendo que le devuelvan lo del boleto y hasta lo de las golosinas y el refresco que, para ese momento, ya hicieron corto circuito en el ultrajado estómago. Pero de vez en cuando uno se aventura en lo desconocido, y una imagen sugerente o una síntesis atractiva se convierten en el pase a nuestro hallazgo fílmico del mes, al director, guionista o actor a quien le seguiremos los pasos de ahora en adelante, al alejamiento de nuestros amigos mientras se nos pasa la fiebre por la novedad (a menos que quieran soplarse los mil comentarios sobre ésta en las pláticas posteriores al descubrimiento), y a un nuevo póster en la pared.
Hace poco tuve uno de esos momentos en los que la buena estrella brilló sobre uno de los anaqueles de mi insustituible video club y me guió hacia Intacto, producción española de 2001, desconocida para la mayoría hasta ahora que ha llegado a México en DVD. La película está dirigida y coescrita por el prácticamente novato Juan Carlos Fresnadillo, quien sólo tiene en su haber, además de Intacto, dos cortometrajes: Esposados (1996) y Psicotaxi (2002), el primero fue nominado al Goya y al Oscar en la categoría de Mejor Corto, de la que resultó ganador en los festivales cinematográficos de Alcalá de Henares, Gijón y Málaga. El papel principal está a cargo de Leonardo Sbaraglia, uno de los actores argentinos más reconocidos de la nueva generación y con una fuerte presencia en el cine español contemporáneo: protagonizó, junto a Paz Vega, Carmen (2003) de Vicente Aranda, y se hizo de un Goya al Mejor Actor Revelación en 2002 por Intacto. Sbaraglia comparte créditos con Eusebio Poncela, quien también ha figurado en filmes españoles y argentinos como La ley del deseo (1987) y Martín (Hache) (1997), Mónica López, Antonio Dechent y Max von Sydow, espectacular como siempre.
Todos ellos personifican a individuos bendecidos con una suerte tal que han logrado salir intactos de trances que casi nadie vive para contar: Tomás (Sbaraglia), un ladrón de poca monta que resulta el único sobreviviente de un accidente aéreo; Federico (Poncela), que salvó el pellejo en un terrible terremoto; Samuel (Von Sydow), dueño de un casino en medio de la nada y que logró escapar entero de un campo de exterminio nazi cuando niño; Alejandro (Dechent), quien arriesga cotidianamente la vida como torero; y Sara (López), la policía que, al tratar de poner a Tomás tras las rejas, se va entremetiendo en el círculo de la suerte en el que se mueven los otros y al que ella misma pertenece pues salió casi ilesa de un accidente en el que perdió a su esposo e hija. Todos ellos son, también, un grupo de seres malditos: a la par de la suerte que los acompaña tienen el poder de robarle a los demás la propia con un simple toque o tomándoles una fotografía, incluso a sus seres queridos.
Las vidas de estos personajes giran en torno a una serie de apuestas tan exóticas como extremas en las que se juegan fuertes sumas de dinero o propiedades, pero sobre todo su propia suerte y la de aquellos a quienes se la robaron (cargan con sus fotografías como si fueran estampitas intercambiables de futbolistas). Para ellos ganar es una cuestión en la que se puede ir la vida, pero sobre todo la dignidad.
Si se topa con Intacto, no deje de verla. No todos tienen esa suerte.



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Publicado originalmente en: La Crónica Cultural, no. 94 (29 ene. 2005), p. 15.

EL CAPITÁN, EL TENIENTE Y LOS CABOS... SUELTOS


Les rivières pourpres 2. Les anges de l’apocalypse (2004),
dir. Olivier Dahan

Los que en el 2000 vieron Los ríos color púrpura se llevaron, en general, una grata sorpresa. La película era un thriller bien armado a partir de la novela homónima de Jean-Christophe Grangé, con una historia lo suficientemente interesante e inteligente como para sostener fuertes dosis de acción. Los protagonistas fueron otro punto a favor: Jean Reno, en su papel del encantador rudote con corazón de oro, que hacía mancuerna a las mil maravillas con el todavía no tan conocido Vincent Cassel. El director, Mathieu Kassovitz, hizo un buen trabajo con la cinta, aunque no logró superar el furor que causó con El odio (La Haine,1995), filme de culto en que escribió, dirigió y coprotagonizó.
Como el tiempo pasa y a pocos perdona (nada más a Cher y eso gracias a los avances en cirugía cosmética), este 2005 tenemos la triste oportunidad de ver Los ríos color púrpura 2. Aclaro: no es que la primera parte sea una joya de la cinematografía mundial de todos los tiempos, pero hay niveles. Los problemas de esta cinta son varios, el primero de ellos: las ausencias. Olivier Dahan, a quien mejor ni le dedicamos una línea, sustituyó en la dirección al buen Kassovitz. Seguramente este último leyó el guión y antes de aceptar dirigirlo se fue a hacer trabajo comunitario con Robert Downey Jr., o puede ser que sus múltiples ocupaciones no se lo permitieran: después de los ríos purpúreos se ha dedicado a personificar el interés amoroso de la cuquísima Amélie (2001), el sacerdote con conciencia en Amen (2002) y a un galo en Asterix & Obelix (2002), a la par de ser seducido por los gringos para dirigir Ghótika (2003) y por la moda para ser imagen de distintos productos très chic, entre otras gracias. Una sentida ausencia más es la de Cassel, quien tal vez ahora escoge con mayor cuidado los moles cinematográficos de los que es ajonjolí, o bien dedica sus días a idolatrar a su portentosa mujer (Monica Bellucci) y en una de esas hasta a enseñarle a actuar (auch).
El lugar dejado por Cassel lo ocupa ahora otra cara joven del cine francés, que ni con su carita ni su juventud logró salvar la película: Benoît Magimel, el mismo que compartió créditos con Isabelle Huppert en La pianista (2001) y al que, después de esto, Michael Haneke seguro no vuelve a ofrecer trabajo. Y es que en la secuela de Los ríos color púrpura la fórmula se repite: policía experimentado (otra vez el capitán Niemans) se topa con policía joven (ahora el teniente Reda), cada uno investigando casos diferentes que convergen en cierto punto, y tratan de resolver el enredo hombro con hombro. El problema es que el enredo mayor se encuentra en el guión, responsabilidad de Luc Besson, tan lejos de sus buenos tiempos como de la novela de Grangé, de la cuál sólo rescató los personajes.
La historia, en la que no ahondaré para no causar problemas digestivos a los lectores demasiado sensibles, incluye asesinatos rituales con víctimas crucificadas, un grupo de fanáticos religiosos que se identifican con los apóstoles de Cristo y que gustan de tomarse fotos disfrazados como tales, unos monjes al servicio de un Christopher Lee haciendo de alemán malvado, que hubiera aportado más al filme de haber pedido prestados sus trajes de Conde Dooku o de Saruman. Las cerezas del pastel (oh, sí, hay cerezas) son una especie de monjes-ninja que brincan, pelean y corren con singular tenacidad, y que parecen una versión católica, apostólica, romana de los chinitos de El tigre y el dragón.
Al salir del cine la mayoría de los espectadores querrá decir, a la par de Clavillazo: “¡Nunca me hagan eso!”.


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Publicado originalmente en: La Crónica Cultural, no. 93 (22 ene. 2005), p. 15.

CUANDO EL TIEMPO-AIRE NOS ALCANCE


Cellular (2004), dir. David R. Ellis

Hace ya dos años que Joel Schumacher, el mismo que marcó los ochentas con St. Elmo’s Fire y Lost Boys, y que desmereció con sus dos entregas de Batman, dirigió Phone Booth. Este filme tuvo un considerable éxito gracias a varios factores. En primer lugar, sus dos protagonistas: Collin Farrel, que empezaba a despuntar como nuevo galán hollywoodense (antes de que le bañaran la cabellera con peróxido para personificar a Alejandro Magno), y Kiefer Sutherland, quien recién había renovado su fama gracias a la serie televisiva 24. El segundo y más poderoso gancho de la película fue la originalidad de su trama: en un Nueva York donde la vida marcha con el celular en la mano, el prototipo del neo-yuppie que maneja su vida personal y profesional con una frialdad y prepotencia total (Farrel), contesta una llamada anónima en una de las últimas cabinas telefónicas sobrevivientes, y se enfrenta con su peor pesadilla: una voz que lo conoce a la perfección, que sabe todos sus secretos, y que no lo dejará abandonar la cabina con vida a menos que cambie su forma de ser o, como dijera Carlos Santana, sus evil ways.
El autor de esta angustiante historia es Larry Cohen. Este neoyorkino, mientras trataba de colocar su guión con alguna compañía productora, ya tenía en marcha su siguiente proyecto que, a decir suyo, sería todo lo contrario del anterior. Si en Phone Booth el eje de la historia había sido la incapacidad del protagonista para moverse de un lugar muy reducido, ahora el desplazamiento en un área tan grande como la caótica ciudad de Los Ángeles sería el motor de la aventura. Si antes un hombre atendía una llamada en un teléfono público aparentemente por casualidad, pero con eso ponía en marcha un plan ajeno para darle la peor lección de su vida, ahora otro hombre contestaría una llamada recibida por su teléfono celular de una manera totalmente azarosa y que, de formas inimaginables, cambiaría su manera de enfrentarse a la vida.
Esta es básicamente la trama de Cellular, dirigida por David R. Ellis y con la que Cohen una vez más se sale con la suya gracias a una historia que, por más extraña que parezca, termina atrapando a los espectadores. En esta ocasión, los protagonistas son Kim Basinger, bastante más madurita y lejana a su premiada actuación en L.A. Confidential (1997), y el prácticamente novato Chris Evans, quien había participado ya en varias series televisivas y en filmes como Not Another Teen Movie (2001), y a quien veremos próximamente como la Antorcha Humana en Los 4 Fantásticos.
Basinger personifica a una maestra de biología que ve trastornado un día más de su suburbana vida al ser raptada por un grupo de desconocidos, encabezados por el actor inglés Jason Statham, chico duro de las películas de Guy Ritchie (Lock, Stock and Two Smoking Barrels, 1999, y Snatch, 2001). Atrapada en un ático y receptora de tremenda golpiza que hace palidecer el bofetón que le aplican en la ya mencionada L.A. Confidential, su única posibilidad de escape y contacto con el exterior es un teléfono hecho pedazos. Juntando piezas y cablecitos al más puro estilo de “hágalo usted mismo”, logra enlazar una llamada al azar que es recibida por el teléfono celular de un chico “buena onda” (Evans) en el peor momento posible. El muchacho en cuestión, que sólo trataba cumplir un encargo para quedar bien con su ex novia, pasa de la incredulidad burlona a la solidaridad extrema al irse adentrando en el drama que vive la mujer del otro lado de la línea. Al principio de su aventura, Evans acude a la policía para que se haga cargo del asunto y socorra a la dama en aprietos, pero la ayuda no se concreta (ah, qué raro), y tiene que tratar él mismo de evitar (infructuosamente) que el hijo y el esposo de la Basinger sufran su misma suerte. El único que parece ponerle atención es un policía que, paradójicamente, sólo quiere cumplir tranquilo lo que le queda de servicio, pues está a punto de retirarse y de poner una clínica de belleza (day spa, como él mismo dice) junto con su esposa. Este personaje es encarnado por el genial William H. Macy (el mítico esposo infeliz y loser laboral de Fargo, 1996), que a poco se roba la película con actuación y con el porte que muestra al llevar una mascarilla de aguacate en el rostro en cierto momento de la historia.
Develar más de este thriller lleno de humor, sería robarle la sorpresa a los espectadores, así que sólo me queda invitarles a verla en su cine favorito. Eso sí, por favor apaguen sus celulares.



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Publicado originalmente en: La Crónica Cultural, no. 89 (11 dic. 2004), p. 15.