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miércoles, 12 de octubre de 2011

EL COMANDANTE SÍ TIENE QUIEN LE ESCRIBA (Y LO VEA)



Fidel Castro tiene mucho que celebrar este 2006. No sólo cumple 80 años de edad el 13 de agosto, sino que puede decir orgulloso que se ha mantenido en el poder por 47 años, ha sobrevivido a diez gobiernos estadounidenses y a 640 atentado en su contra. Nada mal para una sola vida. Y es que, se le vea como un héroe o como un villano, no se puede negar su naturaleza de sobreviviente, de hombre poco común, y esto tal vez esté relacionado con lo que su amigo Gabriel García Márquez dice de él: Fidel es “incapaz de concebir ninguna idea que no sea descomunal”.
Esta “enormidad” que caracteriza a Castro ha ayudado a su transformación en figura de bronce viviente, de esas a las que festeja y llena de flores, pero también a las que se plagan de graffiti y se tumban cuando los ánimos se encienden. Tanto las pasiones desatadas como las ideas estructuradas han producido ríos de tinta en manos de politólogos, periodistas, narradores y todos aquellos que se han sentido compelidos en algún momento a verter sus opiniones en torno a su figura, así como cientos de imágenes encuadradas en pantallas de cine y televisión que han contado cientos de veces una historia rebosantes de aristas. A pesar del desmayo sufrido en 2001 y el resbalón que terminó en fractura doble en 2004, que muchos han visto como el principio del fin de una era, la figura de Castro pervivirá por mucho tiempo en la imaginación popular. Todo apunta a que habrá Fidel para rato.
Enseguida presentamos una selección de libros y producciones fílmicas y televisivas que comparten el mismo objeto del deseo: el abogado, guerrillero, jefe político y revolucionario eterno, Fidel Castro Ruz.


El Comandante en (muchas) páginas

Entre las muchas y muy extensas obras que se han dedicado a Castro, existen algunas consideradas clásicas, como las publicadas en los años ochenta y noventa por Gianni Minà y Frei Betto. El primero, un reconocido periodista e intelectual italiano especializado en América Latina, elaboró tres textos a partir de entrevistas con el gobernante cubano: Un encuentro con Fidel (1988, luego reeditada como Habla Fidel); Fidel: Presente y futuro de una ideología en crisis analizada por un líder histórico (1991); y El Papa y Fidel: ¿Qué futuro espera a América Latina? (1999). Uno de los puntos más interesantes de estas obras es el cuestionamiento que Minà hace a Castro sobre el tema de la religión: ¿cuál es su postura frente al catolicismo?, ¿hay espacio en el Partido para los cristianos? Ante esto, y para sorpresa de muchos, el Comandante se muestra francamente abierto y hasta encuentra fuertes coincidencias con las ideas en torno a la pobreza del entonces papa Juan Pablo II, quien a su parecer “ha hecho pronunciamientos que si yo los digo serían subversivos, porque ha hablado de trabajo para los padres de familia, medicinas para los enfermos, tierra para los campesinos, viviendas para los que viven en los barrios marginales”. Coincidentemente, la obra del brasileño Frei Betto aborda la misma temática. En Fidel y la religión: conversaciones (1985), Castro apunta que: “Una de las características de nuestra Revolución es que suprime el robo, la malversación y la corrupción. Si la Iglesia decía: ‘amar al prójimo como a ti mismo’, eso es precisamente lo que nosotros predicábamos”. Y, en su estilo siempre controversial, asegura que “aunque eso no consta en datos, ni en estadísticas [...] con seguridad muchos de los que participaron en el Moncada eran creyentes”.
En obras posteriores se ha abandonado esta temática y se ha dado preeminencia al hombre sobre el personaje. Muestra de ello es la que se proclama como única “biografía autorizada” de Castro, escrita por Katiuska Blanco, periodista del diario cubano Granma, y publicada por primera vez en La Habana en 2001. Esta obra, que pronto será editada en México, pretende retratar al “hombre de carne y hueso” y a su familia. A decir de la autora, “no es un inventario acucioso de la realidad, ni siquiera un relato a pie juntillas de la vida de un inmigrante gallego fundador de un pequeño batey y de una familia numerosa, dos de cuyos hijos [Fidel y Raúl] forjarán después una leyenda”.
Junto a esta obra existe otra que vio la luz por primera vez en Brasil en 2001, producto de la periodista, historiadora y cineasta Claudia Furiati, considerada la “biógrafa consentida” de Castro. Y es que para la redacción de las 717 páginas de Fidel Castro. La historia me absolverá (2003), esta brasileña tuvo acceso a los archivos secretos y personales de Castro, logro de muy pocos. Con un par de apéndices muy útiles (Frentes de guerra y Cronología de la guerrilla), esta biografía francamente laudatoria cubre desde los años de infancia hasta 1999 en la vida del Comandante, al que equipara con José Martí: “a semejanza del patrono libertador, en su vida Fidel ha conjugado el pensamiento, la palabra y la acción”.
Entre las novedades editoriales se encuentra la Biografía a dos voces de Ignacio Ramonet (2006), reconocido sociólogo y periodista de Galicia, como la familia de Castro, y criado en Marruecos. Es el actual director de la publicación francesa Le Monde Diplomatique, y este no es el primer libro en el que retrata a un personaje carismático: hace poco sacó un libro sobre Marcos. Esta Biografía a dos voces es producto de una serie de entrevistas que el autor sostuvo con Fidel entre enero de 2003 y diciembre de 2005. En un tono que pretende ser imparcial, Ramonet termina por mostrar su admiración por quien considera “el último ‘monstruo sagrado’ de la política internacional. Pertenece a esa generación de insurgentes míticos –Nelson Mandela, Ho Chi Minh, Patrice Lumumba, Amílcar Cabral, Che Guevara, Carlos Marighela, Camilo Torres, Turcios Lima, Mehdi Ben Barka”.
En el mismo tenor se encuentra Fidel (2004), del periodista y ensayista alemán Volver Skierka, quien a la par de recoger información, asesoró a Oliver Stone mientras éste rodaba su documental en Cuba. Uno de los aciertos de esta publicación es que introduce la historia de Castro, quien para el autor “pasará a la historia como uno de los pocos revolucionarios que han permanecido fieles a sus principios”, en la historia mundial y en especial en la de las tensas relaciones entre Oriente y Occidente, Norte y Sur.
Con un tono menos periodístico y más literario, también se encuentra en librerías La autobiografía de Fidel Castro. I. El paraíso de los otros (2004) del escritor cubano Norberto Fuentes. Esta obra, por demás extensa (y pesada, gracias a sus casi 900 páginas), cubre la historia del Comandante desde su niñez hasta la revolución y la caída de Batista, y está narrada en primera persona por Castro, quien comparte con el lector pasajes íntimos de su vida.
Claro que no todo es vencer o morir... también existe el amor. Al menos esto es lo que quiso mostrar Isabel Custodio en El amor me absolverá (2005), donde esta hija de exiliados españoles dio a conocer el tórrido romance que vivió con Castro mientras éste radicaba en México y se encontraba preparando la revolución. La autora y el futuro prócer se conocieron cuando ésta acompañó al fotógrafo Néstor Almendros a retratar a varios combatientes cubanos encarcelados en México... entre ellos Fidel.


Fidel en la pantalla

La figura de Castro siempre ha ejercido cierta fascinación a los medios de comunicación: ya sea para elevarlo a la condición de héroe broncíneo o para denostarlo, su nombre e imagen ha poblado desde sus días de guerrillero las páginas de los diarios y las pantallas chicas y grandes. Por su parte, Fidel ha sabido aprovechar estos espacios para esparcir sus ideas y apoyar su perenne revolución, tanto dentro como fuera de Cuba: desde la denuncia al embargo comercial hasta la exposición de momentos embarazosos para otros gobernantes (léase el episodio Fox-Castro durante la Cumbre de Monterrey). Pero la relación del Comandante con los medios no ha sido sólo utilitaria.
Aunque algunos sostienen que es una mera leyenda urbana para desprestigiar a Castro, se sabe que en sus días de estudiante de bachillerato y en sus primeros años como estudiante de Derecho participó en la industria fílmica como extra para la Metro-Goldwyn-Mayer. Como lo oye. El futuro rector de los destinos cubanos fue el jovencito que apareció en una que otra escena de al menos cuatro producciones hollywoodenses: dos comedias musicales, You Were Never Lovelier (1942) y Holiday in Mexico (1946), la primera protagonizada por Rita Hayworth y Fred Astaire y la segunda, por Jane Powell; además de dos comedias románticas, Bathing Beauty (1944) y Easy to Wed (1946), ambas estelarizadas por la reina de las coreografías acuáticas, Esther Williams, la segunda con la participación de la también jovencísima Lucille Ball (sí, la del show I Love Lucy). Por cierto que los mismos que dieron a conocer estos datos denunciaron el “recorte” de las escenas donde figura Castro en casi todas las copias de estos filmes, obra –sugieren– de algún pro castrista que no quiso ver relacionado el nombre del tal vez mayor luchador antiimperialista con algunas de las producciones más “rosita” del cine estadounidense. Además, algunos sostienen que el trabajo en la pantalla grande de Fidel no quedó ahí, ya que tanto él como el Che Guevara trabajaron también como extras en producciones mexicanas durante su estancia en el país.
Dejando estos episodios aparte, el Comandante ha seguido figurando en documentales, ya sea como protagonista o como partícipe de episodios entre los que se cuentan la Crisis de los Misiles, la Guerra Fría, la historia del deporte o de la mafia. El más reciente de los documentales centrados en su persona es Rendezvous with Death: Why John F. Kennedy Had to Die (2006), dirigido para la televisión por el cineasta alemán Wilfried Huismann. Debido a la poca distribución de este género en nuestro país, acaba de pasar sin pena ni gloria –rebautizada como Cita con la muerte– por pocas y recónditas salas. Con una duración de 90 minutos, presenta una tesis bastante escabrosa: la muerte del presidente norteamericano John F. Kennedy fue resultado de una conspiración en la que estuvo involucrado el mismo Fidel Castro. Vale la pena mencionar que no ha sido el único en pensar en esta posibilidad. El narrador estadounidense James Ellroy construyó parte de su novela América sobre un hipotético nexo entre las mafias norteamericanas y el presidente cubano. Nombres como Jimmy Hoffa, J. Edgar Hoover y Howard Hughes se entrelazan con cargamentos de heroína procedentes de Cuba en esa historia.
Otro documental reciente y menos accesible aún es Fidel Castro (2005), realizado para el programa televisivo American Experience, escrito, producido y dirigido por Adriana Bosch, cineasta de origen cubano radicada en Estados Unidos. Fue transmitido por la PBS, cadena sin fines de lucro operada por 348 estaciones televisivas públicas estadounidenses, y pretende en sus dos horas de duración ofrecer un recuento de la vida y obra de Fidel, apoyado en entrevistas a exiliados y tránsfugas, politólogos, periodistas, ex miembros del gobierno castrista e incluso familiares para reunir todos los puntos posibles.
Pero tal vez el documental más publicitado, aunque no por eso más o mejor distribuido es Comandante (2003), dirigido y producido por Oliver Stone. Su hora y media de duración es el resultado de 30 horas de filmación, repartidas en tres días, en las que el mismo Stone entrevistó a Fidel durante la estancia del cineasta en Cuba durante febrero de 2002. Los temas que abordaron van desde la juventud de Castro y su ascenso al poder, hasta la Crisis de los Misiles, el embargo estadounidense y el papel de Cuba en el mundo. Su premier se realizó en el Festival de Sundance en 2003, pero después Stone hizo públicos sus problemas para exhibir la película en territorio estadounidense, tal vez por su clara admiración y apoyo hacia el castrismo, y culpó directamente a la mafia cubana en Miami por censurar su filme. En un tono completamente contrario se encuentra Mauvaise conduite (1984), escrita y dirigida por el cineasta español Nestor Alemandros. En ella se retratan las crueldades y el despotismo del régimen de Castro, a partir del testimonio de cubanos expatriados, entre los que destacan escritores, cineastas y presos políticos que alguna vez apoyaron a Castro en su lucha contra Batista, para luego separarse de él por diferencias políticas. Entre los personajes que aparecen en el filme se encuentran Guillermo Cabrera Infante, Susan Sontag y Reinaldo Arenas. El total de los testimonios fue luego publicado por el director, bajo el mismo nombre.
A diferencia de su amigo y compañero Che Guevara, quien ha merecido ya dos películas biográficas de altos vuelos (Che Guevara (2005), donde lo encarnó el español Eduardo Noriega, y Diarios de motocicleta (2004), protagonizada por Gael García Bernal), Fidel Castro sólo tiene en su haber un filme producido para la televisión: Fidel (2002). Dirigido por David Attwood y anunciado con el eslogan de “He fought for freedom. He settled for power” (Luchó por la libertad. Se asentó por el poder), fue transmitido en Latinoamérica como miniserie por Hallmark Channel. Uno de sus atractivos es el elenco, conformado por conocidos actores latinoamericanos, entre los que destacan por su número y la importancia de sus papeles, los mexicanos: Víctor Huggo Martin, quien da vida a un Fidel Castro que pasa de ser un joven e idealista abogado en busca de una segunda independencia para su país, esta vez frente a Estados Unidos, a un obstinado y duro gobernante; Gael García Bernal, que repite en su papel de Che Guevara y se esfuerza por conciliar el inglés (lengua principal del filme) con el acento argentino; Cecilia Suárez, como la guerrillera y luego miembro del gobierno, Celia Sánchez; y José María Yazpik que personifica a Camilo Cienfuegos. Además actúan la venezolana Patricia Velásquez, quien da vida a Mirta Díaz-Balart, esposa de Castro y madre de Fidelsito, la colombiana Margarita Rosa de Francisco hace de Natalia Revuelta, la amante con quien Fidel procrea una hija, y hasta Diego Luna hace una pequeña aparición durante el ataque al Cuartel Moncada. Basada en los libros Guerrilla Prince. The Untold Story of Fidel Castro (1993) de la corresponsal estadounidense Georgia Anne Séller, y Fidel Castro de Robert E. Quirk, la película triunfa al retratar a un Castro humano, con virtudes y defectos.
 

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Publicado originalmente en: Día Siete, no. 314 (6 ago. 2005), pp. 48-50.

viernes, 12 de agosto de 2011

"Lo que usted ordene, señor presidente...". Historia de la comida en Los Pinos

Presidir hasta en la mesa
Si bien dicen que al corazón se llega por el estómago, también es cierto que a la historia se puede llegar por la comida. No es gratuito que muchos estudiosos encuentren en la alimentación una pista interesante para conocer el comportamiento de sociedades enteras. La historia culinaria de nuestro país, por ejemplo, refleja a la perfección los episodios históricos que la han conformado. Los banquetes que se servían a los gobernantes mexicas pueden ilustrar los complicados sistemas de tributación que mantenían con otros pueblos, gracias a los que recibían, entre otras cosas, productos alimenticios de lejanas latitudes. El mestizaje racial y cultural que ocurrió con la conquista y continuó durante el virreinato se hace patente al observar muchos de los platillos que nacieron en esa época: garnachas, chalupas, sopes, tacos y pellizcadas resultan de la unión del maíz, el chile y el aguacate locales con el aceite, la crema y el queso europeos. Durante la época independiente, existieron momentos en los que el afrancesamiento de las costumbres, empezando por las culinarias, dejaba ver procesos de dominación extranjera, como el breve Imperio encabezado por Maximiliano, o las idílicas aspiraciones de un gobernante, como ocurrió durante el Porfiriato.
Pero esta historia de ingredientes y sazones no sirve sólo para estudiar naciones, sino que también puede revelar la naturaleza de los individuos. El caso de los estómagos presidenciales no es la excepción: un desayuno frugal o un antojo extravagante pueden decir mucho más de una personalidad y hasta de un estilo de gobernar que un informe sexenal. Esto, sobre todo, porque comer es una experiencia que resulta más cercana y comprensible que llevar las riendas de una nación, pues lo primero está al alcance de todos (al menos eso sería lo ideal), mientras que lo segundo es un tanto más exclusivo.
Desde que se habilitó Los Pinos como residencia oficial en 1934, han pasado por ella doce presidentes, cada uno con sus propias ideas, circunstancias, formas de gobernar y costumbres. Como en la vida y en la cocina, han sido de chile, de dulce y de manteca en todo, incluso en la mesa. Pero una característica que han compartido es la necesidad de combinar durante su mandato la vida privada con la actividad pública, el papel de simples individuos y hombres de familia con su labor presidencial.
Llevado al terreno de lo culinario, esta particularidad ha significado la convivencia de las comidas familiares, compartidas sólo con la mujer y los hijos, y los banquetes oficiales, donde muchas veces se tienen que dejar de lado las preferencias personales para dar prioridad al menú políticamente correcto: el más sencillo tiene que mostrarse estrafalario, el más sobrio comportarse como un derrochador. Aunque en algunos casos esto ha resultado una situación incómoda, no a todos les ha molestado el cambio de dieta y, con el tiempo, sus comidas han tenido mucho de banquete. Aplicado entonces a este fenómeno culinario, el conocido refrán tendría que ser aumentado: “dime qué comes y te diré quién eres… qué quieres o qué necesitas aparentar y de cuánto presupuesto dispones”. Esta dicotomía gastronómica es un fiel reflejo de las contradicciones de la vida política en general, y muy particularmente de la mexicana.

A continuación se presenta un conjunto de historias presidenciales que muestran ambas caras de la moneda: la mesa privada y la mesa pública. En él aparecen presidentes que no quieren mudarse a Los Pinos, primeras damas que guisan, cocineras sustituidas por chefs, taquitos integrados a los menús de banquetes exclusivos y varios antojos algo particulares. Estas historias vienen acompañadas por viñetas que muestran distintos episodios del pasado, en los que la comida y el poder convergieron en la misma mesa. Son crónicas culinarias que no por antiguas dejan de ser apasionantes y no por lejanas dejan de ser cercanas a nosotros y a nuestros gobernantes actuales. Al final de cuentas todos, incluso los que manejan los destinos de una nación, necesitan comer.
Adelante, la mesa está servida.



Moctezuma: Ascenso y caída de un paladar delicado
Si bien se cuenta que el pueblo mexica era sobrio en su alimentación, eso evidentemente no aplicaba a todas las clases sociales. Basta echarle un ojo a lo que cuenta Bernal Díaz del Castillo en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. En ella refiere la vastedad y, sobre todo, la variedad de los alimentos que Moctezuma consumía cuando gobernaba:
Cotidianamente le guisaban gallinas, gallos de papada, faisanes, perdices de la tierra, codornices, patos mansos y bravos, venado, puerco de la tierra, pajaritos de caña, y palomas y liebres y conejos y muchas maneras de aves y cosas que se crían en esta tierra, que son tantas que no las acabaré de nombrar tan presto.

A esto se aunaban "frutas de toda cuanta había en la tierra, mas no comía sino muy poca de cuando en cuando", y grandes cantidades de cacao espumoso. Durante la comida, mujeres hermosas se dedicaban a servirle "tortillas amasadas con huevos… y también le traían otra manera de pan, que son como bollos largos hechos y amasados con otra manera de cosas sustanciales y pan pachol, que en esta tierra así se dice, que es a manera de unas obleas".
Para cerrar con broche de oro, se ponían sobre la mesa de Moctezuma "tres cañutos muy pintados y dorados, y dentro tenían liquidámbar revuelto con una hierba que se dice tabaco, y cuando acababa de comer después que le habían cantado y bailado y alzado la mesa, tomaba del humo de aquellos cañutos, y muy poco, y con ello se adormecía".
Este panorama, idílico para cualquier gourmet de esa época, contrastó duramente con los días en que Tenochtitlan fue sitiada por los españoles. Cuentan las crónicas que hasta los grandes señores se vieron rebajados a comer lagartijas, golondrinas y envolturas de mazorcas:
Hemos comido panes de colorín,
hemos masticado grama salitrosa,
pedazos de adobe, lagartijas, ratones,
y tierra hecha polvo y aun los gusanos.

Hernán Cortés: Austeridad casera, derroche público
Se dice que Cortés nunca fue un amante de la buena mesa ni afecto a la bebida: apenas tomaba una taza de vino aguado en la comida del mediodía. Sin embargo, sabía que el prestigio social no sólo se mantenía con las victorias en el campo de batalla. Por esto, cuando tenía invitados de renombre, el marqués del Valle vestía su casa con vajillas de oro y plata, además de suntuosos manteles y servilletas. Tras ofrecer un festín de finos y variados platillos, acostumbraba entretener a sus convidados con músicos, bailarines y saltimbanquis.


Llegado el virrey, a organizar la fiesta
Los habitantes de la Nueva España se hicieron de la merecida fama de ser amantes de las grandes fiestas. Al parecer, sólo necesitaban una buena razón para echar la casa por la ventana y disfrutar de horas de música, baile y, sobre todo, comida y bebida. La llegada de un nuevo virrey a tierras novohispanas era el pretexto ideal para cumplir con este gusto.
Entre los recibimientos más reseñados en la época se encuentra el del virrey Marqués de Villena en 1642. De camino entre el puerto de Veracruz y la capital, se hospedó en Perote, donde se organizó una comida en su honor, compuesta por veinticuatro platillos distintos. Pero más que la cantidad y variedad de los alimentos con que lo agasajaron, lo que mejor mostraba el lujo excesivo del festejo eran las fuentes del mesón donde se hospedaba, que fueron modificadas para que en vez de agua, corriera por ellas vino y leche.
Cuando el virrey Conde de Moctezuma y Tula arribó a territorio novohispano en 1696, permaneció durante poco más de un mes en Puebla con una comitiva de 199 personas, entre familiares, ayudantes y sirvientes. Al parecer todos ellos tenían muy buen apetito, ya que les dio tiempo de consumir 306 carneros, 100 cabritos, 18 terneras, 2 venados, 40 lechoncitos, 12 pares de pichones, 80 lenguas de toro, además de pescado y mariscos. Todo esto lo acompañaron con un barril de vino tinto y 26 de vino blanco, además de los irreemplazables postres.
Ya instalados en el palacio virreinal, los festejos continuaban cotidianamente: banquetes en los que los grandes señores y las damas elegantes podían saborear lo mejor de la cocina novohispana, producto del mestizaje entre la española y la indígena, y en los que tal vez el manjar más apreciado era el chocolate. Tan extendido y valorado era el gusto por esta bebida que se inventó un artefacto para su mayor deleite: la mancerina, especie de taza con un plato integrado bautizada así en honor al virrey Marqués de Mancera, en la que se podía disfrutar de un buen chocolate al tiempo que se consumían bizcochos.

Agustín de Iturbide: El patriotismo al plato
1821 fue el año en que se consumó la independencia nacional y en que se inventó el platillo que buscaba simbolizarla: los chiles en nogada. Su creación se debe a las hábiles manos de las cocineras poblanas que quisieron honrar con ese platillo a Agustín de Iturbide, quien puso el punto final a la lucha emancipadora y, poco después, se convirtió en el primer emperador mexicano.
Además de lograr todo un sincretismo gastronómico con la combinación de ingredientes de origen europeo con elementos locales, los creadores de este platillo lograron representar con su colorido las expectativas de los habitantes de la nueva nación: el verde del chile y el perejil que lo adorna reflejaba su esperanza de libertad; el blanco de la salsa hecha a base de nuez de Castilla, la pureza del alma mexicana; y el rojo de la granada, la sangre derramada por los combatientes. Estos colores, que componen la bandera nacional, también representaban las tres garantías defendidas por el ejército que comandaba Iturbide: Religión, Unión e Independencia.


Maximiliano: Por el buen apetito de los invitados
Según la condesa Paula Kollonitz, dama de honor de Carlota, el emperador Maximiliano de Habsburgo era extremadamente sobrio en el comer y en el beber: apenas tocaba los distintos platos que servían en su mesa y sólo bebía champaña y agua. Y es que, a pesar de que el Emperador había traído consigo grandes cocineros de Europa, su mesa era bastante pobre, no sólo en lo que se ofrecía sino en dónde se servía:
El Emperador no había traído consigo de Europa ni una sola cuchara de plata. Se encargó en París a Christofle un servicio de mesa, pero no llegó en mi tiempo. En el palacio no se encontró nada de valor. Sólo los tenedores y cucharas eran de plata, y la vajilla y el cristal eran extremadamente simples. En vez de un rico despliegue de platería, había hermosos ramos de flores, y al menos éstos podían rivalizar en belleza con todos los que hubieran adornado la mesa de un monarca.

Sin embargo, la pareja imperial se vio precisada a organizar grandes banquetes para sus invitados, como aquél del 19 de julio de 1865, cocinado por J. Bouleret, A. Hut, L. Masseboeuf, J. Incontrera y M. Mandl. El menú de este festín comprendía: sopa de quenelles, pechugas de aves, filetes de lenguado a la holandesa, cartuja de codornices a la Bragarion, costillas de cordero con espárragos, timbal a la moderna, estómagos de aves a la Perigueux, pastel de codorniz a la Buena Vista, Espárragos con salsa, alcachofas a la portuguesa, pavos trufados, filete a la inglesa, ensalada budín de Berlín, Pasteles de perones, crema de vainilla y chocolate, conserva de todas frutas, quesos y mantequilla, helado de durazno y otros postres.
Este afrancesamiento de la cocina se transmitió a muchas de las familias criollas acomodadas, que dejaron un tanto de lado las costumbres españolas para expresarlo todo en française. Productos, alimentos y bebidas venían de aquellas latitudes, mientras que los menús de cafés y restaurantes ofrecían platillos como fricandeau à la menestra (asado de ternera con verduras), petit pois á l'Anglaise (chícharos a la inglesa), bouchées chasseur (bocadillo a la cazadora) y noix de veau Perigueux (nuez de ternera a la Perigueux).
Claro que tampoco se podía dejar totalmente en el olvido la comida local. Por ello a su paso por Puebla, Maximiliano fue agasajado por los criollos del lugar con banquetes extraordinarios en los que pudo degustar moles, asados, pipianes, manchamanteles, enharinados, chiles rellenos, chiles en nogada, alcaparrados y todas las variedades de pan dulce: mamones, encandiladillas, recordados o catarinos de huevo, picones, tostadas para gorrión, chilindrinas y diferentes tipos de cocoles y conchas de vainilla, fresa y chocolate. Precisamente en esa visita, los panaderos poblanos crearon para halagar al emperador una sabrosa pieza de pan llamada "Imperial", finamente apastelada con azúcar colorada encima.

Porfirio Díaz: El centenario de la opulencia
El año de 1910 estuvo lleno de festejos dedicados al Centenario de la Independencia. En julio de ese año, Díaz organizó un agasajo que fue ampliamente reseñado por la prensa de la época gracias a su brillo y opulencia. Se celebró en el antiguo edificio de la Compañía Cigarrera Mexicana (en la actual calle de Bucareli) y asistieron alrededor de 1,600 personas. Los encargados del servicio fueron Sylvain Daumont y Macsime, chefs de dos de los restaurantes más exclusivos de la época: el Sylvain, ubicado en la calle 16 de Septiembre y famoso por sus ostiones al ketchup y los filetes "a medio tono", y el Chapultepec, enclavado en la entrada del Bosque.
El servicio fue de primera: 350 camareros, 16 primeros cocineros, 24 segundos y 60 ayudantes. Todos ellos se dedicaron a preparar y servir un excelso menú compuesto por platillos salidos de la cocina francesa: Potage Tortue Claire (sopa de tortuga Claire), rissoles à la Rolanaisse (empanadas a la Rolanaisse), truite saumonnée (trucha salmonada), sauce genévoiseaspic de Foie (aspic de hígado) y timoalle. El caudal de vinos fue abundante: 240 cajas de Jerez fino, 275 de Pouilly, 275 de Mouton Rotschild, 50 de Carton, 450 de champaña Cordon Rouge, 256 de cognac Martell y 700 de agua mineral. Para adornar el lugar, además de instalar ex profeso 10 mil lámparas decorativas, se utilizaron 10 mil rosas, 20 mil claveles, 3 mil gardenias y 2 mil metros de guirnaldas. Todo transcurrió al son de los valses y los aires mexicanos entonados por la orquesta Lerdo y la del Conservatorio Nacional. (salsa genovesa),
En septiembre, el mes más festejado de ese año, el gobierno porfirista ofreció otro banquete que no se quedó atrás. También fue servido por el chef Sylvain, quien preparó consomé Princesse, saumon a la Metternich (salmón a la Metternich), côtelete d'Agneau (costilla de cordero), suprémes de volailles Tayllerand (supremas de ave Tayllerand), timbales a la Rossini, gélatines de faisans dorés (gelatina de faisán dorado), glacé de pistache (helado de pistache) y gateaux assortis (pasteles surtidos). Para beber se sirvieron vinos Scharzhofberger-Dusele, Gran oporto, Haut Brin 1887 y Champagne Cordon Bleu Veuve de Clicquot.


Comidas que matan
El periodo dorado del lujo afrancesado, terminó entre el fin del gobierno porfirista y la muerte de Madero en 1913. Los lugares que daban cabida a la créme de la créme porfirista, ahora se veían abarrotados por las huestes zapatistas y villistas, que distaban mucho de conocer las reglas de etiqueta y además no gustaban dejar las armas en casa. Los restaurantes y cafeterías de la época se convirtieron en lugares en los que se podía tomar un café a la vez que se organizaba una rebelión o se despachaba a un enemigo político.
Ejemplo de esto fue la reunión que sostuvieron en la pastelería El Globo, Victoriano Huerta y Félix Díaz, hermano de Porfirio, donde planearon el sitio de la Ciudadela, acción clave en el derrocamiento de Madero. Fue también en uno de los restaurantes más célebres de la capital, el Gambrinus, donde Gustavo Madero fue apresado por órdenes del mismo Huerta, para ser asesinado el 18 de febrero de 1913 durante la Decena Trágica.
Otro establecimiento que ganó fama por una desgracia, más que por su servicio o sus platillos, fue La Bombilla, escenario del asesinato de Obregón en 1928 durante un banquete político.
Años más tarde, en tiempos aparentemente más pacíficos, otra comida culminó en una muerte trágica. Maximino Ávila Camacho, hermano del presidente y considerado por muchos el candidato natural para sucederle, acudió el 17 de febrero de 1945 a una comida multitudinaria en Atlixco, después de la que murió de manera sospechosa, probablemente envenenado.


COMER EN LOS PINOS

Lázaro Cárdenas (1934-1940)
Cuando Lázaro Cárdenas tomó posesión como presidente no estuvo de acuerdo con mudarse al Castillo de Chapultepec, entonces morada de quienes regían los destinos del país. Su espíritu austero y gustos sencillos lo llevaron a elegir la casa del antiguo rancho La Hormiga, construida a fines del siglo XIX por la familia Martínez del Río y expropiada el gobierno de Venustiano Carranza. El mismo Cárdenas rebautizó el lugar como Los Pinos, en recuerdo a la huerta del mismo nombre ubicada en las cercanías de Tacámbaro, Michoacán, donde conoció a su esposa.
Tras hacer los arreglos pertinentes, Lázaro, Amalia y su hijo Cuauhtémoc se mudaron a la nueva residencia oficial en marzo de 1935, donde los Cárdenas llevaron, dentro de lo posible, una vida sencilla. Al presidente le gustaba desayunar a las 8 de la mañana huevos tibios, fruta y café en el comedor, generalmente acompañado de algunos secretarios y colaboradores. Terminado el desayuno, partía de Los Pinos a su despacho presidencial frente al zócalo, y no probaba bocado sino hasta las tres de la tarde. Si no tenía algún compromiso oficial, regresaba a Los Pinos para comer con su esposa e hijo. Era tan celoso de su vida privada que quienes lo acompañaban sólo llegaban hasta la puerta principal, después el presidente quedaba solo con su familia.


Manuel Ávila Camacho (1940-1946)
En vista de los múltiples arreglos que debían hacerse, los Ávila Camacho no se cambiaron a Los Pinos sino un año después de que don Manuel tomó posesión. De su vida privada se conoce poco, pero se dice que fue igual de moderado que en su papel como figura pública: nunca tuvo vicios ni excesos. Según sus allegados siempre se mostró sobrio en la mesa y sencillo en sus gustos, aunque sí tenía una pasión: los caballos y los deportes practicados en ellos, como la equitación y el polo.
Sin embargo, Ávila Camacho, como el resto de los presidentes, no pudo dejar de lado los compromisos sociales que le obligaba su puesto, por más reservado que fuese. Así, tomó parte de distintos banquetes oficiales que se celebraron en Los Pinos, como el del 23 de julio de 1946 referido por Salvador Novo y en el que se sirvió: crema argentina, supremas de pescado con mayonesa, pollo brincado cazadora, antojo mexicano, frijoles en corona, fruta de la estación, pastas secas y helado de vainilla, acompañado por diversos cocktails, vino blanco y tinto, cognac, champaña, agua de tehuacán y café.

Miguel Alemán Valdés (1946-1952)
Cuando los Alemán se cambiaron a Los Pinos en abril de 1947, ésta era todavía una vieja casa de adobe y duelas de madera que, aunque ya había sido remozada por los presidentes anteriores, resultaba a todas luces insuficiente: la familia que ahora albergaba era más numerosa y los compromisos sociales más frecuentes. A pesar de esto, lograron adaptar su vida privada al nuevo entorno: disfrutaban siempre del desayuno y las comidas dominicales juntos, preparadas habitualmente por la señora Alemán que, según decía Miguel hijo, “era estupenda para la cocina, no sólo internacional, sino la mexicana y muy especialmente la veracruzana". Los banquetes oficiales que celebraron también se caracterizaron por su sencillez, con menús como el siguiente: crema de pistache, pescado Colbert, espárragos gratinados, pavo asado, fruta de la estación y pudín gabinete como postre; y para tomar, vino tinto y blanco, además de champaña Viuda de Clicquot y café.
En febrero de 1950, durante la visita de los duques de Windsor, organizaron una cena que sería preparada por Margarita (Mayita) Gómez de Parada de Orvañanos, chef cuya presencia ha sido constante en recepciones y fiestas oficiales desde la década de los treinta a nuestros días. El menú era a base de comida alemana y fue servido en una espléndida vajilla decorada con temas de cacería, a la que el Duque era tan aficionado. Todo transcurrió como era debido, pero la casa dio muestras de que ya no era adecuada para este tipo de solemnidades. Cuenta Beatriz Alemán, hija del presidente, que:
como la construcción era de adobe, todos los ruidos y movimientos que había en la parte superior de la casa resonaban y se sentían perfectamente en la de abajo […] En el comedor de estilo Luis XV había al centro un enorme candil que lo hacía lucir muy elegante, pero por cuya fragilidad había que ser cuidadoso en cuanto al movimiento. Así que, estando en pleno banquete, los reales comensales a la mesa con mis padres y embajadores, nosotros, en la parte de arriba, al fin chicos, jugábamos y brincábamos estrepitosamente sin medir las consecuencias […] Al escuchar el trepidante son que producían los prismas de los candiles al sacudirse, los Duques y los otros invitados se empezaron a asustar, y a pesar de la flema británica, característica, con toda cortesía rogaron se hiciera algo para evitar una catástrofe.

El incidente no pasó a mayores, pero al poco tiempo se emprendió la construcción de la nueva casa, que fue terminada dos años más tarde, poco antes de que culminara el periodo del presidente Alemán.


Adolfo Ruiz Cortines (1952-1958)
El presidente Ruiz Cortines tardó casi un año en cambiarse a Los Pinos con su familia: las limitaciones económicas que padeció en su niñez y juventud lo convirtieron en un hombre sobrio (al punto de ser apodado Don Adolfo el Austero), al que le chocaba la idea de mudarse a la recién inaugurada residencia oficial. Ya instalado, sus hábitos continuaron tan metódicos como siempre: comenzaba el día a las siete de la mañana y tomaba un desayuno frugal compuesto por unos cuantos pedazos de papaya y un par de huevos tibios, casi crudos, los cuáles servía y preparaba él mismo en una taza, con uno o dos granos de sal, nada más; se los tomaba de un sorbo y los acompañaba con un vaso pequeño de jugo de lima y café estilo veracruzano, mucho café.
Esta bebida parecía ser el único lujo cotidiano del que no podía prescindir, aunque tampoco hacía mala cara a los platillos oriundos de su tierra natal, mismos que en varias ocasiones fueron parte de los menús de los banquetes oficiales. Este fue el caso de la comida organizada por la visita oficial del presidente Nixon y su esposa en febrero de 1955, en la que se degustaron algunos platillos de Veracruz, rociados con vino rosado Château de Selle y Cordon Rouge 1947 y servidos en mesas adornadas con frutas tropicales y flores naturales.
La señora Ruiz Cortines era aficionada a la buena mesa y gustaba mucho ir al Ambassadeur, restaurante de los hermanos Jordi y Francisco Escoffet, quienes atendieron algunos de los pocos banquetes ofrecidos entonces en Los Pinos. El menú en esas ocasiones consistía en algo así como: caviar fresco para empezar, seguido por un consomé, caldo o sopa mexicana, y pescado blanco de Pátzcuaro, camarones, langostas o abulón fresco; como segundo plato, un filete o codornices; para el postre casi siempre frutas como el mamey, el zapote, el mango o las fresas. La consigna era darle un toque mexicano a todos los platillos, sin exagerar en lo picante o lo localista, fórmula que no siempre funcionó. Jordi Escoffet cuenta que, en ocasión de una comida multitudinaria, la señora Ruiz Cortines sugirió “algo mexicano, como sopecitos y pambacitos, taquitos y quesadillas. Conseguir todo aquello fue un tango y la gente lo tomó muy mal. Empezaron las críticas [por lo que] al año siguiente se volvió a lo ya tradicional del buffet frío".

Adolfo López Mateos (1958-1964)
La familia López Mateos nunca se mudó a Los Pinos, así que, exceptuando los banquetes oficiales, sus comidas eran caseras. Las encargadas de prepararlas eran la primera dama y la cocinera que trabajó para ella desde que se casó, Margarita González. Mientras la señora, doña Eva, era afecta a la cocina internacional y tenía especial preferencia por los postres, don Adolfo siempre prefirió la comida mexicana: arroz, mole de olla, chiles rellenos, caldo de camarón y chilaquiles, todo muy picante. Sus platillos favoritos eran los huevos en rabo de mestiza (con jitomate, chile poblano y queso fresco), los tamales y las semitas poblanas; además era muy aficionado al café, en especial el turco, y al chocolate en polvo Milo: no podía faltar su licuado por las mañanas y con la merienda.
La comida mexicana fue parte fundamental en los menús de muchos de los banquetes oficiales, aunque también había que adecuarse a las distintas ocasiones. Por ejemplo, la cena que se sirvió al rey Mahendra de Nepal, en mayo de 1960, tuvo que ajustarse estrictamente a las costumbres del soberano y su esposa, ambos budistas: no se incluyó ningún platillo preparado con carne y se sirvieron sólo jugos de frutas, bebida favorita de la reina nepalesa.

Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970)
Los Pinos fueron ocupados por los Díaz Ordaz en febrero 1965. En su nueva morada, don Gustavo tomaba el desayuno con su mujer todas las mañanas en un pequeño salón junto a sus habitaciones. A la hora de la comida, se reunía con toda su familia y, aunque sus favoritos eran los platillos oaxaqueños y poblanos, debía moderar su dieta como consecuencia de los problemas digestivos que sufría: sopa de pasta, de verduras, arroz, carne asada, todo cocinado casi sin grasa, era lo más común en su mesa. Cuando la ocasión lo demandaba, don Gustavo se daba la libertad de beber una copa de vino tinto o blanco. Su platillo preferido era la sopa de cola de res, especialmente la que preparaban en el restaurante “Prendes”. Era tal su afición que el dueño le enviaba de vez en cuando, sobre todo los domingos, un buen tazón de sopa a Los Pinos.
En las ocasiones oficiales, la dieta era dejada a un lado y el presidente podía disfrutar de menús como el servido el 30 de marzo de 1967: foie gras de Estrasburgo, consomé al madera, filete de robalo en salsa verde, pato con cerezas negras, delicias de fresa al Cointreau, acompañado por vino tinto La Romanée le Roi, vino blanco Batard Montrachet y champaña Dom Perignon. En la boda de su hijo Gustavo, se sirvió una cena preparada por el catalán Dalmau Costa y su personal del restaurante Ambassadeur, que consistió en consomé verde milpa, langosta bellavista, corazón de filete a la pimienta, helado de mango, pastel de bodas y café: acompañado todo esto de vino Blanc de Blancs y champaña helado Tattinger.


Luis Echeverría Álvarez (1970-1976)
Los Echeverría se mudaron a Los Pinos días después de la toma de posesión de don Luis y, como el resto de las familias de los presidentes, se vieron en la necesidad de combinar sus vidas personales con sus nuevos compromisos oficiales. A la par de las sencillas cenas que su cocinera, Bernardeta Reyes, les preparaba desde hacía años, compuestas por yogurt, pollo asado y café con leche, disfrutaron de elaborados banquetes como los que se organizaron durante la visita del Sha de Irán, Mohamed Reza Pahlevi, y su esposa la emperatriz Farah Diba, en mayo de 1975.
La pareja real iraní ofreció, en correspondencia a las atenciones de los Echeverría, una cena cuya fastuosidad no tuvo par. El evento se llevó a cabo en el Hotel Camino Real y, según las crónicas de la época, se sirvió: caviar Perlas del Caspio, con alcaparras, perejil, cebolla y pan Melba, acompañado de vodka ruso; le siguieron unas brochetas de cordero Kababe Barrh y arroz con pollo en salsa de berenjena; y todo fue acompañado por vino tinto Saint Emillion y blanco Mishel Chablis. Pero lo que más llamó la atención de invitados y cronistas fue:
la soberbia vajilla de porcelana con filo de oro y el escudo real grabado, la cuchillería de plata y la cristalería de Baccarat, con filo de oro y escudo grabado. Todo ello, además de un enorme cuadro del antiguo Imperio, fueron traídos ex profeso desde Irán a esta ciudad en dos aviones especiales. Como un rasgo final de sensibilidad y buen gusto, los arreglos florales que adornaban las mesas cubiertas con manteles de lino blanco eran de color verde, blanco y rojo.

José López Portillo (1976-1982)
López Portillo se mudó a Los Pinos a pocos días de tomar posesión y, al igual que sus antecesores, tuvo que adaptarse a la vida en Los Pinos y hacer que éste se adecuara a sus necesidades: construyó en la parte superior de la residencia un comedor y una pequeña cocina, en aras de concentrar la vida familiar en esa área. En palabras del ex presidente:
Salvo banquetes y celebraciones especiales, en los que se usó el comedor de abajo, en el cual también se efectuaban reuniones de trabajo, aprovechando precisamente la mesa triangular que permitía participar a todos los comensales, las comidas familiares siempre las hicimos en la parte de arriba, en forma completamente sencilla y casera.

Los gustos culinarios de este presidente, cuyo sello personal fueron las camisas de cuello de tortuga, se sabe que sus platillos favoritos eran la cecina con jocoque y la machaca norteña.

Miguel de la Madrid Hurtado (1982-1988)
Don Miguel y su familia se mudaron a Los Pinos en marzo de 1983, casi tres meses después de iniciado el nuevo sexenio. La tardanza se debió a que los López Portillo permanecieron en la propiedad hasta el último minuto de su gobierno, a diferencia de los presidentes anteriores que habían dejado Los Pinos con al menos medio mes de anticipación, y a que tuvieron que realizar algunos arreglos necesarios para su acomodo. Uno de los ajustes efectuados anteriormente y que fue aprovechado por los De la Madrid, fue la disposición de la casa: el área habitacional y en donde preparaban y servían sus alimentos se encontraba en la parte superior, mientras que la planta baja servía fundamentalmente de recepción.
Una vez organizado, el presidente continuó con sus hábitos cotidianos, adaptándolos a las nuevas circunstancias: después de sus ejercicios matutinos, tomaba el desayuno con sus hijos o su esposa en la residencia principal o en la antigua casa (conocida como Casa Lázaro Cárdenas, donde tenía sus oficinas) acompañado por algunos de sus colaboradores. Sólo desayunaba fuera cuando tenía algún compromiso oficial.
Cuando el presidente comía en Los Pinos, lo que sucedía unas dos veces por semana, además de los sábados y domingos, la primera dama gustaba encargarse ella misma de preparar los alimentos. Aunque desde muy joven aprendió los elementos básicos de la cocina con su madre, tomó clases y se volvió bastante diestra, sobre todo en el área de la pastelería. Aunado a sus habilidades, tenía dos elementos a su favor: una hortaliza que se plantó en uno de los jardines de la residencia oficial, en la que se cultivaban zanahorias, espinacas, rábanos, lechugas, coliflor y todo tipo de hierbas, como perejil, epazote, cilantro, hierbabuena y manzanilla; a su lado se instaló también un gallinero, que les proveía de huevos frescos todos los días.


Carlos Salinas de Gortari (1988-1994)
Los Salinas se mudaron a Los Pinos casi dos meses después de la toma de posesión. Los detalles de su vida familiar, entre éstos sus costumbres gastronómicas, se encuentran cubiertos a la fecha por un velo de, por decir lo menos, discreción: su calidad de innombrable parece cubrir su vida privada de un halo de misterio y chismes no confirmados.
Lo que se sabe es que siempre gustó practicar deportes, en especial el tenis y el atletismo, último que practicó como competidor durante su juventud. Este gusto se convirtió en una directriz política, ya que durante su sexenio intentó apoyar en distintos niveles al deporte y a los deportistas, muchos de los cuáles convivieron con él durante visitas a Los Pinos. Sin embargo, en julio de 1989 los papeles se invirtieron: el presidente y sus hijos fueron los invitados a la mesa en el hogar de Hugo Sánchez, entonces recién desempacado de sus triunfos en España. El menú, preparado por la señora Sánchez, se componía de: consomé de ostión, mousse de caviar y, para escoger, mixiote de mariscos, mixiote de pollo, tinga poblana y cochinita pibil, platillo elegido por el presidente. Como postre sirvieron tartas de chabacano y de ciruela, mousse de guayaba y gelatina.
El presidente también gustaba combinar su gusto por el deporte con su afición por la buena mesa y los platillos mexicanos cuando, en el poco tiempo libre del que disponía, organizaba salidas a correr con sus hijos, con quienes más tarde comía.

Ernesto Zedillo Ponce de León (1994-2000)
Se cuenta que el presidente Zedillo no era muy afecto a abandonar Los Pinos, sitio al que muchos consideraban su bunker. De hecho, tanto le molestaba y tan peligrosa le parecía la exposición pública que canceló sus apariciones en el balcón de Palacio Nacional para el desfile del 1º de mayo, y sólo asistía a las celebraciones del grito del 16 de septiembre durante los festejos de la Independencia. Una de las razones que, según algunos, explica esta precaución es el pequeño atentado que sufrió el presidente De la Madrid durante una de estas ceremonias. Otra razón para evitar salir, en lo posible, de Los Pinos podría ser la presencia constante de su chef de cabecera, el francés Frédéric Léjars, quien atendió la mesa de los Zedillo durante casi todo el sexenio, y continuó en su puesto al principio del mandato de Vicente Fox.
Léjars se convirtió en un elemento vital en la vida de los Zedillo y por esto mismo ha comentado en distintas entrevistas que su trabajo en Los Pinos fue todo un reto: no sólo se hacía cargo de la alimentación del presidente y su familia, sino que también servía los banquetes oficiales, tanto los celebrados en México como en el extranjero, cuando se organizaba algún viaje oficial. Él era el encargado de diseñar, autorizar y mandar elaborar los menús para todas estas ocasiones, lo que si bien le otorgaba una gran libertad creativa, también le significaba un gran esfuerzo.
Entre los platillos que Lejars preparó con mayor frecuencia a Zedillo, se encontraba el pescado fresco, en muchas ocasiones recién atrapado por el mismo presidente en alguno de sus múltiples viajes al Caribe mexicano, donde practicaba diversos deportes acuáticos y donde no faltaba, entre los miembros de su equipo, su indispensable chef.

Vicente Fox Quesada (2000-2006)
El matrimonio Fox decidió no habitar la casa principal de Los Pinos, en la que se instalaron siete de los últimos ocho presidentes, sino que se mudaron a una de las cabañas ubicadas en los jardines, construidas por Echeverría y acondicionadas por López Portillo. La mesa de su hogar temporal, ha sido servida por tres chefs distintos, que han laborado de planta: Frédéric Lejars, herencia del sexenio anterior; José Bossuet Martínez, joven chef chiapaneco que laboró para el presidente por algunos meses entre 2001 y 2002; y desde entonces a la fecha, el francés Yann Gallon, quien se ha declarado en varias ocasiones “entusiasmado por los sabores e ingredientes de México”, mismos que utiliza para dar un toque personal a sus platos.
El presidente Fox es especialmente afecto a la comida mexicana. Sus platillos favoritos son los chiles toreados, la cochinita pibil, el huachinango a la veracruzana, la arrachera, los gusanos de maguey, las tostadas de cueritos, los frijoles y las tortillas recién hechas; odia los alimentos rellenos. Su esposa, en cambio, acostumbra una dieta más ligera y gusta del pescado asado y las verduras, sobre todo crudas, y es afecta a las aventuras culinarias. En cuanto a vinos, ambos gustan de los tintos Cabernet Sauvignon y los blancos Chardonnay; ella prefiere los vinos nacionales como Casa Madero, él los españoles. Algunos de los platillos que la primera dama prepara a su esposo son: sopa de tortilla, canelones rellenos de espinaca y aguacate, crema de alcachofa, pastel de café y las que han denominado “pechugas presidente” (horneadas en una salsa de cebolla, mostaza y crema).
En cuanto a los banquetes oficiales, éstos han sido servidos en su mayoría por Banquetes Mayita, empresa que se ha mantenido en el gusto de los mandatarios mexicanos desde su fundación en 1936, aunque también se ha recurrido a los servicios de Les Croissants y Ambrosía, empresas de Zaida González y Guillermo Ríos, respectivamente. Desde el inicio del presente sexenio se han ofrecido distintas cenas de Estado en ocasión de la visita de mandatarios y representantes extranjeros. Algunos de los menús servidos en esas ocasiones son los siguientes: en honor de Pakistán: fondos de alcachofa rellenos de cabuches a la vinagreta, pescado Xóchitl con chile ancho relleno de frijoles y queso, y helado de cajeta con mueganitos; Japón: sopa de hongos a la mexicana, filete a los tres chiles y nieve de manzana verde; Alemania: sopa de flor de calabaza en calabaza, filete de robalo empapelado en tamarindo y cassatta de mango, mamey y maracuyá; Suecia: sopa de morilla y hongos silvestres al tequila, pechuga de pollo envueltas en phillo con queso de cabra al chipotle, cilindro de caramelo con plátanos y helado de vainilla; y Rusia: hongos Porto Bello a la plancha, pescado el dorado en hoja Santa, y merengue con mango. Durante la Cumbre de Monterrey, Nuevo León, celebrada en marzo de 2002, se sirvieron dos grandes banquetes: una comida que consistió en corazones de alcachofa con langosta a la vinagreta de mango, filete de res en salsa de mostaza con esencia de chile ancho y pastel de almendras; y una cena en la que se degustó crema de morillas, dorado en hoja santa y rosca de higos, acompañados por platos de frutas y quesos.

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Versión larga del texto publicado originalmente en: Día Siete, no. 252 (15 mayo 2005), pp. 67-71.

martes, 9 de agosto de 2011

MEXICANOS AL SONORO RUGIR DE LA CIENCIA


Leticia Mayer Celis, La tan buscada modernidad científica:
Boletín del Instituto Nacional de Geografía y Estadística de 1839,
México, UNAM, 2003, 113 p.

Es hasta ahora, más de siglo y medio después de su aparición, que la versión original del primer número del Boletín del Instituto Nacional de Geografía y Estadística sale de nuevo a la luz, en una edición facsimilar. La responsable, Leticia Mayer, entrega esta publicación como resultado de su recorrido por los caminos de la antropología y la historia cultural, con los que ha llegado con bien a los territorios de la ciencia decimonónica en México, a sus instituciones y a sus hacedores.
El primer tramo en este recorrido lo hizo con Entre el infierno de una realidad y el cielo de un imaginario. Estadística y comunidad científica en el México de la primera mitad del siglo XIX, trabajo en el que aborda la estadística como texto cultural, esto es, como forma de pensar al mundo a partir de los datos, pero sobre todo, caracterizando desde esta perspectiva a la comunidad científica decimonónica, tanto la que laboraba de forma independiente como la que se agrupaba en distintas asociaciones. Entre estas últimas destaca al Instituto Nacional de Geografía y Estadística, luego bautizado como Comisión de Estadística Militar y, finalmente, como Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, nombre con el que sobrevive a la fecha.
El Instituto Nacional de Geografía y Estadística fue fundado el 18 de abril de 1833 en la Ciudad de México, con el fin de apoyar al gobierno de la recién nacida patria en la tarea de conocer cuantitativa y cualitativamente a su territorio, sus recursos naturales y sus habitantes. Una tarea obligada que, según los parámetros científicos de la época, ajenos al relativismo y cercanos al determinismo, lograría otorgar cierta unidad y validez social al país en ciernes.
Cuarto de su tipo en el mundo y el primero en América, el Instituto nació debido al interés de un grupo de hombres ilustrados, de aquellos que transitaban entre los mundos de la cultura, el gobierno y la economía nacionales, y una serie de reformas en las políticas educativas y culturales llevadas a cabo por el gobierno del vicepresidente Valentín Gómez Farías.
Una de las tareas que el Instituto se impuso desde su creación fue sacar a la luz un órgano oficial, en el que se hicieran públicos los resultados de sus investigaciones. Con esto parecían querer refrendar la urgente necesidad de validar y hacer trascender sus actividades, en medio de un universo que resultaba, sobre todo, efímero. La inestabilidad política en la que vivía sumido el país ocasionó la interrupción de las actividades del Instituto y la postergación de este importante proyecto hasta finales de 1838, cuando varios de sus miembros presentaron los materiales que compondrían el primer número de su Boletín: una “Introducción”, no firmada pero atribuida a José Gómez de la Cortina, fundador del Instituto y su primer presidente; “Población”, artículo escrito por el mismo y considerado el primero de estadística moderna publicado en México; “Resultados del reconocimiento hecho en el istmo de Tehuantepec de orden del supremo gobierno”, escrito por Juan Orbegozo, otro miembro fundador, y la minuta de aquella reunión, celebrada el 26 de octubre de 1838.
El número planeado no vio la luz sino hasta marzo del siguiente año, pues un día después de celebrada la mencionada reunión estalló la “Guerra de los Pasteles”, conflicto que enfrentó a México con Francia por varios meses. Pero la espera valdría la pena: el boletín, publicado finalmente en 1839, tuvo tan buena acogida por parte del público y de la crítica que se agotó al poco tiempo. Al parecer, los miembros del Instituto Nacional no eran los únicos a los que les urgía tener un referente sólido y científico. Aunque la decisión de reeditar este primer número fue temprana, esta intención no fue saciada sino hasta 1850. La nueva versión sufrió varios cambios en la ortografía y contenido originales, mismos que fueron reproducidos cuando se publicó en 1861, junto al resto de los números que compusieron el primer tomo del Boletín, así como en el facsimilar que editó la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística en 1980. Como se mencionó anteriormente, la edición que ahora nos ocupa se remite a la versión publicada en 1839. La “Introducción” es ante todo una justificación de la existencia del Instituto: inmerso en un país que parecía caótico y donde el cultivo de la ciencia y de las bellas letras parecía lo menos prioritario, cuando no ridículo, un grupo de hombres de bien proponían la creación de instituciones de este tipo como el único medio para llegar a la civilización y la ilustración. El país lo agradecería, Europa lo reconocería y la historia lo recordaría:
El establecimiento del Instituto de Geografía y Estadística en la República Mexicana, es un suceso más importante de lo que parece, pues la historia se verá obligada a presentarlo en sus páginas como una prueba eterna y evidente de que nuestra nación sabía ya en el siglo XIX, época de su infancia política, seguir las huellas de las naciones más ilustradas de Europa, en el camino de la civilización, de la cultura, de la conveniencia y de la perfección social.

Esta infancia política sería sustituida por la madurez que daría el progreso, hijo de las ciencias utilitarias. Los errores iniciales, en la versión conciliadora de la historia que tenían los miembros del Instituto, serían remontados gracias a que detrás de ellos había ignorancia y no mala fe o incapacidad:
Los errores de las diferentes administraciones que se han sucedido entre nosotros desde nuestra independencia hasta el día de hoy, no deben atribuirse tanto a la incapacidad de las personas que las han desempeñado, cuanto a la ignorancia en que todas se han hallado de la verdadera naturaleza del país, de los recursos que podían haberse proporcionado en las diversas situaciones en que éste se ha visto, y en fin, de los medios que tenían en sus manos para satisfacer las necesidades reales, ya sean dentro, ya fuera del mismo país [...] En el profundo caos de perplejidad e incertidumbre en que se han hallado no han podido proporcionarse otra guía que los estímulos de su propia conciencia, de sus deseos patrióticos, o tal vez, el ejemplo de lo que otros hicieron, o la aplicación amesgada de una teoría nueva, y he aquí el principal origen de la mayor parte de esas medidas administrativas inciertas, o expresamente nocivas, y de esas leyes precipitadas y defectuosas de que tan vivamente y con tanta justicia nos quejamos.

El primer y más importante paso para tener un buen gobierno y una legislación justa era estudiar a la población, el recurso más valioso de la patria, tanto sus aspectos físicos como morales. A este objeto se dedica justamente el primer artículo del boletín. En “Población”, José Gómez de la Cortina hace un examen crítico de los distintos censos que habían calculado el número de habitantes del territorio nacional desde antes de que fuera independiente. Enseguida aborda diversas cuestiones con una perspectiva determinista: la relación de la tasa natal con el clima de cada región, según la cual a mayor temperatura, mayor número de nacimientos; el predominio genérico según la latitud, por el que se encuentra más mujeres que hombres según se vaya acercando al Ecuador; y el ritmo de crecimiento poblacional, claramente mayor en el continente americano que en el europeo.
La parte más valiosa del texto, según Mayer, es la dedicada a la estadística moral, es decir, la que estudia el comportamiento de la población, sobre todo la que está fuera de la norma: criminales, prostitutas y suicidas caben en esta clasificación. En ella Cortina se guía por la idea de que se puede controlar y mejorar a un grupo de la población atípico mediante el recuento y clasificación del mismo. Como resultado de su estudio encuentra que la población nacional estaba muy cercana a la perfección y concluye orgulloso que la tasa de criminalidad en la capital era inferior a la de París, considerado como el centro de la civilización en Occidente:
La población de la Ciudad de México, apenas más de tres veces menor que la de París, produce un número de delincuentes más de treinta veces menor que el que produce la de la capital de Francia.

El mexicano resultaba claramente excepcional. No sólo había poca criminalidad, sino que la mayoría de los delitos eran cometidos por necesidad, no por maldad, y, al ser perpetrados por varones solteros de entre 25 y 40 años, serían fácilmente erradicados, “pues que entre nosotros el matrimonio endulza más las costumbres, o enfrena más las pasiones”.
El resto de los crímenes estudiados por Cortina arrojaron resultados muy parecidos: la prostitución, el envenenamiento, los asesinatos pagados, el asesinato con premeditación y el sacrilegio eran poco comunes, mientras que el suicidio era prácticamente desconocido. Al menos eso reflejaban los cálculos de Cortina, quien extrajo los datos en los que basó sus cálculos directamente de los registros que llevó como gobernador del Distrito Federal, cargo que ocupó entre octubre de 1835 y octubre de 1836. Sin embargo, aunque los datos que utilizó son verdaderos, las premisas de las que partió eran falsas, por lo que llegó a resultados que podrían parecer ingenuos. En opinión de Mayer, más que candidez, los cálculos de Cortina reflejan una idea del México que se quería, del que se esperaba estar construyendo:
Gómez de la Cortina, al patentizar las bondades del pueblo mexicano, lo que quería era salvarlo; demostrarle al mundo, en forma absolutamente científica, que México no sólo contaba con los mejores recursos materiales, como lo había demostrado Humboldt, sino que además su población se acercaba a la perfección moral […] Lo que a primera vista parecía una ingenuidad del autor, plasmada en su documento, analizado éste en el contexto científico del siglo XIX vemos que en verdad respondía a una idea determinista de su época: el azar no podía existir, pues la naturaleza imponía leyes a la sociedad al igual que las leyes físicas de la naturaleza, por lo tanto tenía que haber alguna constante que hacía que el pueblo de México fuera bueno en esencia. La estadística, en estos términos, respondió a la creación del imaginario nacional.

El mexicano que se buscaba en las tablas estadísticas era el mismo al que dirigían sus esfuerzos los hombres de luces que crearon las primeras instituciones científicas y culturales del México independiente. El optimismo del estadístico era simultáneo al del periodista, el geólogo, el poeta y el botánico con los que compartía las tardes de tertulia.
El otro artículo que incluye el boletín es “Resultados del reconocimiento hecho en el istmo de Tehuantepec de orden del supremo gobierno”, escrito por Juan Orbegozo, otro de los miembros fundadores del Instituto Nacional de Geografía y Estadística. En este texto, de corte meramente geográfico, se hace un análisis de los costos y los beneficios que traería consigo la construcción de una vía de comunicación que atravesara por Tehuantepec. Los estudiosos no han reparado demasiado en este texto, tal vez por su finalidad meramente práctica, pues estaba dirigido a ayudar al gobierno en su toma de decisiones, o porque carecía de la pluma y de los sueños de perfección científica del de Cortina.
El boletín cierra con la reproducción de la minuta de la primera sesión de la Junta Menor del Instituto, celebrada el 26 de octubre de 1838. Esta reunión reflejaba claramente la realidad de la institución y la del cultivo de la ciencia y la cultura en general: un grupo de hombres llenos de conocimientos, pero sobre todo de buenas intenciones, discutían cómo ayudar a la creación de una nueva nación, mientras se encontraban reunidos en la casa particular de uno de ellos porque carecían de un local propio, y planeaban la publicación de un boletín que no vería la luz sino mucho después, un boletín que fuera atalaya de la perfección científica en un país donde la imperfección era la única regla general.

 
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Publicado originalmente en: La Crónica Cultural, no. 54 (10 abr. 2004), pp. 14-15.